Las fiestas judías y el vino
Por G. G. Jolly
“Así saca Él [Dios] pan de los campos, y vino que le alegra el ánimo, y aceite que da brillo a su rostro, y alimento que le da fuerzas.”
— Salmo CIV, 15El mes de septiembre —y, a veces, octubre, dado el desfase entre un calendario lunar y uno solar— suele condensar varias festividades mayores del calendario religioso judío: los Yamim Noraim o “días temibles”, las fiestas, digamos, más “densas”, que giran en torno a la contrición, la expiación, el perdón, la reconciliación y el fin e inicio de ciclos
En primer lugar, está Rosh Hashaná o año nuevo, que conmemora el día de la Creación del Hombre y que, este año, se celebra desde el atardecer del 11 de septiembre hasta el ocaso del 13. Después, viene Yom Kipur o día del perdón, que es la festividad más sagrada del año, que está dedicada a la expiación de los pecados y la reconciliación con Dios y que, ahora, cae entre el 20 y 21 de septiembre. Por último, a finales de mes, del 25 de septiembre al 2 de octubre, se celebra Sucot o la fiesta de las tiendas/tabernáculos/cabañas, que rememora la errancia en el desierto y las privaciones tras la salida de Egipto del pueblo hebreo.
El vino, desde luego, es protagonista de estas celebraciones o, al menos, del año nuevo y la fiesta de las tiendas —que es particularmente alegre, de origen agrícola, ligada a la recolección de frutos otoñales, como la típica cidra o etrog. Yom Kipur, en cambio, al ser de carácter penitencial, requiere ayuno y abstinencia, aunque sí se bebe vino en la ceremonia de “vuelta a la normalidad” o Havdalá, al final del día festivo.
El vino y el antiguo Israel
Tal centralidad del vino en la religión judía nos recuerda, por un lado, sus orígenes levantinos y carácter mediterráneo y, por otro, una historia simbólica ligada a la realidad material, económica y tecnológica de un pueblo que pretendía superar sus orígenes seminómadas y pastoriles para convertirse en una sociedad sedentaria y agraria —siempre y cuando alguna potencia vecina lo permitiera y no lo desterrara.
La biblista y arqueóloga Carey Ellen Walsh ha escrito que las metáforas religiosas y poéticas sobre la viña en la Biblia hebrea reflejan la física, la química y la sociología del cultivo de uvas en las colinas de Canaán. Su método es exhaustivo: analiza el catálogo léxico hebreo de la vid y el vino (yayin, tirosh, ‘asis, shekar) y reinterpreta los pasajes bíblicos desde la perspectiva del trabajador agrícola; examina las instalaciones excavadas en roca (lagares, cubas, torres de campo) y los registros epigráficos (como el Calendario de Gézer y las ostracas de Samaria) para reconstruir la infraestructura rural real de la Tierra Santa; y reconstruye la estructura de las familias rurales en la Edad del Hierro, el sistema de herencia patrilineal y la división del trabajo durante la vendimia.
Siguiendo de forma cronológica el ciclo vital de la vid y la producción del vino, Walsh explica cómo el relieve montañoso de Judea, Samaria y Galilea exigió la construcción de complejas terrazas de piedra para retener el suelo y optimizar el agua. Puesto que un viñedo requería entre tres y cinco años de trabajo intensivo antes de dar su primera cosecha rentable, esto convirtió a la viña en el símbolo por excelencia de la estabilidad, la paz y la permanencia en la tierra. Asimismo, analizando la propiedad de la tierra, Walsh describe que las viñas no eran terrenos genéricos, sino propiedades patrimoniales asociadas a la línea familiar (nahalah). El pasaje de la viña de Nabot (I Reyes XXI), por ejemplo, demuestra que la negativa de Nabot a vender su viña al rey Ajab no era terquedad, sino el cumplimiento de un mandato religioso sobre la inviolabilidad de la herencia ancestral.
Walsh también detalla los elementos físicos de los viñedos antiguos, como las torres de campo (mighdal o sukkah), estructuras alzadas para vigilar las cosechas contra ladrones y animales durante la maduración; o la descripción técnica del gat (plataforma superior de piedra tallada donde se pisaba la uva) y el yeqeb (pileta inferior a la que el mosto fluía por gravedad). Estudia el carácter festivo de la cosecha: los cantos, bailes y la cooperación entre familias o cómo las levaduras silvestres presentes en la piel de la uva iniciaban la fermentación natural a las pocas horas de pisar el fruto en el cálido clima mediterráneo, explicando las técnicas antiguas para controlar o acelerar este proceso. Y distingue entre el vino como sustento básico —una fuente calórica e higiénica esencial en un entorno donde el agua pura era escasa— y el vino como bebida festiva en bodas, sacrificios y banquetes comunitarios o de élite (Marzeah).
Los símbolos bíblicos en torno al vino
Walsh concluye que, al ser un cultivo que exige años de esfuerzo y que puede ser destruido fácilmente por un ejército invasor o una plaga repentina, la viña se convirtió en la metáfora idónea para la relación entre Dios e Israel. Cuando los profetas (como en el Cántico de la Viña de Isaías V) describen a Dios limpiando pedregales y podando ramajes, el público antiguo entendía el enorme desgaste físico que eso implicaba.
De la misma manera, las imágenes proféticas del juicio divino representadas como el pisoteo del lagar —donde las ropas del agricultor terminaban manchadas de rojo (Isaías LXIII)— no eran abstracciones poéticas, sino evocaciones de una escena sensorial cotidiana para la sociedad israelita durante los meses de otoño.
Así, en las Escrituras hebreas o Tanáj / Mikrá (lo que para los cristianos constituye el Antiguo Testamento, incluyendo la Torá o Pentateuco, Nevi’im o Profetas y Ketuvim o Escritos), el vino tiene varios ejes simbólicos:
- Don divino y gozo de la creación: a diferencia de visiones puritanas posteriores, el Antiguo Testamento concibe el vino como un regalo de Dios que “alegra el corazón del Hombre” (Salmo CIV, 15) y como signo de prosperidad y bendición agrícola (Génesis XXVII, 28; Amós IX, 13-14).
- Metáfora de Israel (la viña del Señor): la viña representa la relación entre Dios y su pueblo. En el Cántico de la Viña (Isaías V), Dios es el agricultor que cuida la viña esperando frutos de justicia, pero recibe “uvas silvestres” o amargas.
- Elemento ritual y de alianza: el vino no sólo era consumo profano; formaba parte de las libaciones sagradas en el Tabernáculo y el Templo (Éxodo XIX, 40; Números XV), derramado como ofrenda junto con los sacrificios.
- Símbolo de juicio e ira divina: la imagen del lagar donde se pisan las uvas hasta que brota el jugo rojo se utiliza para representar el juicio divino frente a la opresión y la injusticia (Isaías LXIII, 2-3; Jeremías XXV).
- Advertencia sapiencial contra el exceso: la literatura sapiencial distingue strictly entre el uso moderado y el abuso (Proverbios XX, 1; XXIII, 29-35). La abstinencia total se reservaba únicamente para votos o consagraciones especiales, como el nazareato (Números VI).
Rezar brindando
No sorprende, por tanto, que, hasta la fecha, el vino continúe formando parte esencial de la liturgia judía —y, por extensión, de la cristiana—, en tanto manifestación tangible de la gratitud por la bendición divina. Desde la libación sacrificial a la celebración cíclica de la siembra y la vendimia, pasando por la tensión moral de la bebida como gozo necesario y como exceso desdeñado, el vino es protagonista de la plegaria conocida como Kidush o, literalmente, “santificación”, que se recita sobre una copa rebosante para inaugurar el Shabat y las festividades principales, derramando un poco —como símbolo de una bendición divina colmada y abundante (Salmo XXIII, 5: “mi copa está rebosando”)— y compartiéndola entre los comensales —lo que simboliza la unidad de la comunidad o la familia reunida bajo el mismo pacto de santidad.
Desde luego, el Kidush no puede realizarse con cualquier vino. Requiere, por fuerza, un vino certificado cuyos ingredientes y proceso de elaboración cumplan con las especificaciones de las leyes dietéticas judías o Kashrut. Sin embargo, no tiene que ser el típico vino dulce industrial —de hecho, se prefiere que sea artesanal— ni, en un contexto doméstico o familiar, kósher mevushal —o sea, pasteurizado, que puede ser manipulado y escanciado por cocineros o meseros no judíos o no observantes. Queda, entonces, bendecir la vida y alegrar el ánimo con una selección de vinos de gran valía enológica, distribuidos por alguna tienda de confianza que se precie de su curaduría kósher… L’jaím!
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