El vino y la Independencia
Por G. G. Jolly
Como todos los mitos fundacionales —de países, iglesias, partidos, empresas—, los hechos puntuales detrás de toda narrativa “oficial” o, al menos, predominante suelen ser bastante más prosaicos. La realidad es, en efecto, compleja siempre y, a menudo, contradictoria. Y pocos ejemplos tan notables de mitos tan exagerados o sobados —al grado de tergiversar o falsear los hechos— que la historia de la Independencia de México en general y la de don Miguel Hidalgo en particular.
Un mito por demás conveniente
Se ha repetido hasta el cansancio que la Corona española impuso restricciones a la producción y distribución de ciertos productos en América con el fin de proteger a los productores peninsulares, como en el caso de las reales cédulas —o sea, sentencias judiciales— de 1595 ó 1699 prohibiendo la siembra de nuevas viñas e inclusive mandando arrancar algunas ya plantadas, las cuales pretendían resguardar de la competencia a los viticultores andaluces. Esto, junto con los estancos reales o monopolios del azogue (mercurio), el tabaco, la pólvora, los naipes y la sal, ha solido citarse como una de las causas del resentimiento criollo hacia los peninsulares y como una de las explicaciones del atraso económico forzado de América frente a Europa.
Sin embargo, tal narrativa —como todos los cuentos en blanco y negro, de buenos contra malos— es engañosa. No sólo porque presupone la idea, tan en boga entre los criollos americanos, de América como un Cuerno de la Abundancia, de riquezas tan enormes como inevitables, que sólo requería, para detonarse, de la libertad frente a España, la Iglesia y las leyes proteccionistas; sino porque propone, a su vez, una solución anacrónica (la plena libertad de mercado) a un régimen tan mercantilista como todos los de la Europa dieciochesca —inclusive el británico protocapitalista—. Es decir, es un mito por demás conveniente, que, para los liberales del XIX, mataba varios pájaros de un tiro: definía a los villanos del cuento, confirmaba su fe en el Progreso e invocaba como solución el programa de reformas que suscribían.
De ahí que una mera anécdota de la biografía de don Miguel Hidalgo y Costilla haya sido utilizada como el mejor botón de muestra de este mito, dotándole al mismo tiempo de una contundente imagen poética —casi kármica— y de una innegable comprobación del silogismo liberal:
Las viñas de don Miguel Hidalgo
En el proceso contra Hidalgo, tras su captura en 1811, consta en las actas de los interrogatorios que se aludió a actividades económicas “prohibidas” o “ilegales” promovidas como párroco y que violaban la letra de la Ley y los estancos reales. ¿Qué actividades? Éstas las detalla el gran historiador guanajuatense Lucas Alamán, quien conoció de cerca a Hidalgo y su entorno:
“Poco severo en sus costumbres y aun no muy ortodoxo en sus opiniones, no se ocupaba D. Miguel de la administración espiritual de sus feligreses” —que delegó en otro sacerdote—, sino que se ocupaba “traduciendo el francés, (cosa bastante rara en aquel tiempo, en especial entre los eclesiásticos), se aficionó a la lectura de obras de artes y ciencias y tomó con empeño el fomento de varios ramos agrícolas e industriales en su curato. Extendió mucho el cultivo de la uva, de que hoy se hacen en todo aquel territorio considerables cosechas y propagó el plantío de moreras para la cría de gusanos de seda (de los cuales existen todavía en Dolores ochenta y cuatro árboles plantados por él, en el sitio al que se ha dado el nombre de las Moreras de Hidalgo, y se conservan los caños que hizo hacer para el riego de todo el plantío). Había además formado una fábrica de loza, otra de ladrillos, construido pilas para curtir pieles e iba estableciendo talleres de diversas artes.”
Más adelante, Alamán ironizaría que Hidalgo no tenía mucha idea de lo que hacía con estas actividades y que, de la misma manera en que improvisaba con las moreras y los gusanos de seda, así había liderado su alzamiento independentista: sin ton ni son. Mas el punto es que otro gran historiador decimonónico, Carlos María de Bustamente —él, sí, liberal de cepa—, mencionó que las autoridades virreinales habían pleiteado contra Hidalgo, obligándolo a arrancar las viñas, trazando la línea causal entre la prohibición real de sembrar vides y producir vino y la intentona revolucionaria de septiembre de 1810.
Y, si bien es verdad que Miguel Hidalgo acumuló durante su vida numerosos agravios contra la Corona y el gobierno virreinal (la expulsión de los jesuitas, que le dejó sin maestros en el Colegio de San Nicolás; el par de mezquinas denuncias ante la Inquisición, que le causaron innecesarios dolores de cabeza; la bancarrota generalizada por la consolidación de los vales reales, que no sólo afectó sus propiedades, sino que llevó a su querido hermano Manuel a la locura; más un largo etcétera de bagatelas menores); también lo es que, como alega Alamán y ha demostrado la historiografía más reciente, en la Nueva España se sembraban viñas, se cultivaban vides y se consumían vinos locales.
Mito vs. realidad
De hecho, hoy por hoy, sabemos que las leyes proteccionistas, al gravar excesivamente los productos de la Península con alcabalas y sisas (impuestos sobre la venta y el consumo, respectivamente), ocasionaron el alza en la demanda de productos ilegales, ya fuesen producidos localmente o traídos de contrabando del exterior —por comerciantes británicos o norteamericanos—, que se ofrecían a mejor precio. Como sucedía casi siempre con los decretos y regulaciones provenientes de Madrid, en la Nueva España se procedía a acatarlos con toda reverencia… y no cumplirlos.
De igual manera, si escarbamos en el episodio puntual de las viñas ilegales de Hidalgo, podemos ver que el problema nunca fue la prohibición general impuesta por la Corona —pues nadie la cumplía—, sino que se trató de rencillas burocráticas a nivel local entre Hidalgo y funcionarios celosos de sus pequeños cotos de autoridad y de sus “comisiones” y “prebendas” particulares, siempre sospechosos de un cura “poco severo en sus costumbres y aun no muy ortodoxo en sus opiniones”, con la cabeza siempre repleta de ideas, socialmente muy activo entre el pueblo llano y nunca demasiado dispuesto a cooperar con tropelías.
Si a narrativas históricas vamos, podría yo aventurar una más fidedigna y representativa de nuestro México, aunque bastante menos edificante. Al fin y al cabo, el episodio de las viñas de Miguel Hidalgo nos recuerda cómo México no ha cambiado tanto desde que se llamaba Nueva España. En efecto, nuestras leyes —por bienintencionadas y justas que se pretenda— siguen acatándose sin cumplirse y cada iniciativa o negocio que emprendemos —incluyendo a los productores mexicanos de vino actuales— ha de toparse, necesariamente, con alguna traba, moche, trámite, gravamen o mordida, tan arbitraria como absurda.
Motivo, quizás, para apreciar todavía más que, en ese contexto, haya aventureros e inconformes como Hidalgo que se atrevan a sembrar vides y hacer vino en México, reivindicando cinco siglos de tradición vitivinícola y de resistencia contra los obstáculos no sólo climáticos, sino los que nosotros mismos nos imponemos. Así, brindar con una copa de vino mexicano —y uno bueno, pues tampoco estamos para andar tolerando cochinadas sólo por ser nuestras— es afirmar nuestra independencia en más de un sentido. ¡Salud y que viva México!
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